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Viernes, 26 Mayo 2017

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¿Salario mínimo o empleo mínimo?

Autor: Pedro Silverio Álvarez

Fecha: 7 de abril, 2017. 

Extraído de diariolibre.com

En países con altos niveles de corrupción, los sobornos necesarios para que los burócratas autoricen la operación de los negocios asimismo tienen que ser deducidos de los ingresos de ventas y de la misma manera reduce el valor del producto y de los trabajadores que lo producen, aun si estos trabajadores tuvieran el mismo producto por hora que trabajadores en una economía más moderna y menos corrupta. En realidad, los trabajadores del Tercer Mundo, más típicamente, tienen menor producción por hora, y los altos costos de transportación y corrupción que deben ser deducidos de las ventas pueden hacer que los trabajadores ganen una fracción de lo que trabajadores ganan por trabajo similar en otros países.” Thomas Sowell, Basic Economics, 2015

La idea del rol de los precios es simple, poderosa y frecuentemente mal entendida, aun por los propios economistas. Podemos entender que el precio es el mecanismo que sirve de ajuste entre la oferta y la demanda de bienes y servicios. Pero restringimos ese rol para los productos o servicios no “politizados”. Para los bienes o servicios “politizados” –salarios, tasa de cambio, educación, transporte, etc.- predominan los criterios políticos-ideológicos que solo sirven para distorsionar el funcionamiento de esos mercados. Por eso se hace difícil una discusión seria sobre las implicaciones en el mercado laboral del incremento en los salarios mínimos, recién decretados por el Comité Nacional de Salarios (CNS). Y todo se reduce a un debate, propio del maniqueísmo, entre “izquierdistas” y “derechistas”, explotados y explotadores.

En general, todos quisiéramos que los trabajadores recibieran la mayor remuneración posible; pero esto no puede ocurrir al margen de la lógica económica de un sistema que está supuesto a funcionar en base a las decisiones de agentes fundamentalmente privados que asignan recursos escasos a los propósitos más rentables. No se debe desconocer, sin embargo, que aun en los mercados se dan relaciones de poder entre los participantes. Particularmente, en el mercado laboral es obvia la lucha entre los sindicatos y las organizaciones empresariales. Y el Estado, como jugador activo e interesado, mueve sus cartas de acuerdo a su ecuación de beneficio político; por eso, el incremento del salario mínimo puede verse como una estrategia del gobierno para agenciarse el apoyo de un importante sector laboral en un momento de gran vulnerabilidad política.

Es casi imposible una discusión sobre el mercado laboral sin referirse a la conexión entre salario y productividad. Erróneamente, se parte de la premisa de que todo el aumento en la productividad de la economía dominicana en los últimos 25 años se debe exclusivamente a la participación de la mano de obra en los procesos de producción. Y se olvida –convenientemente- que otros factores de producción como la tecnología y el capital intervienen en dichos procesos. De modo que para hablar con propiedad se debe establecer cuál es el aporte relativo de cada uno de esos factores al incremento en la productividad; de lo contrario, se confunde la productividad laboral con la productividad de la economía como un todo. Esta distinción es crucial para llevar a cabo un razonable proceso de negociación laboral. Como bien plantea Sowell (2015) “en casi cualquier ocupación tu productividad depende no solo de tu propio trabajo sino también de la cooperación de otros factores, tales como la calidad del equipo, la gerencia y otros trabajadores a tu alrededor.”

Las cifras oficiales, igualmente, atribuyen a la productividad laboral unos niveles que contrastan con los niveles de calificación de la oferta laboral dominicana. Por un lado, tenemos una mano de obra con unos bajos niveles de educación y, por el otro lado, con una alta productividad, dada una economía que crece más que el resto de la región. Algo no encaja en el rompecabezas, y una de las piezas que está sobredimensionada –y por lo tanto, no encaja- es la de la productividad laboral. Un argumento cotidiano en el debate es que el incremento del salario mínimo se traduciría en un mayor dinamismo económico que, a su vez, terminaría beneficiando a los empresarios. Gracias por la noticia... Pero, ¿cómo es posible que los empresarios –de quienes se asume son maximizadores de beneficios- no hayan descubierto el potencial de tal estrategia? En realidad, el alza del salario mínimo incrementa la demanda agregada, a la vez que reduce la capacidad de las empresas para sostener o incrementar el nivel de producción –posible impacto negativo sobre la inflación- e impacta negativamente en la contratación de nuevos trabajadores o causa el despido de los ya contratados. Al final, los favorecidos son los que retienen sus empleos, pero los despedidos se quedarán sin salarios mínimos y sin ingresos. En el fondo, con el salario mínimo se promueve el empleo mínimo.

El mayor cuestionamiento a la decisión del CNS es que se continúa con el enfoque de abordar los problemas de forma parcial y coyuntural. Los costos laborales no pueden ser vistos como si trataran exclusivamente del salario que recibe el trabajador; la carga laboral de la empresa va más allá e incluye todos los costos que tienen que absorber las empresas relacionados con la contratación de un trabajador y que no se reflejan en el pago semanal o quincenal; o sea, todo el pasivo laboral. Igual debe abordarse la dilatada reclasificación de las empresas. Debe implementarse, por tanto, una reforma laboral que establezca un nuevo marco normativo que remueva las barreras y de mayor flexibilidad al mercado de trabajo.

Quizás ha llegado el momento de hacer una verdadera revolución laboral, pues en los demás órdenes se dice que se está haciendo una revolución... en la educación, en la seguridad, en las comunicaciones, en la electricidad, en las compras y contrataciones... con el único propósito de dejarlo todo en su mismo lugar.

 

 

 

Autores: 
Pedro Silverio Álvarez
 
 

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