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Martes, 21 Noviembre 2017

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Transparencia fiscal

Autor: Eduardo García Michel
Fecha: 17 de octubre del 2017
Extraído de diariolibre.com
 

Como en una vieja película, la vida financiera pública parecería moverse sobre un rollo de celuloide anticuado, en vez de discurrir en versión digital; se proyecta con cortes y pega, para poder unir la cinta averiada.

A veces salta lo insólito, en ocasiones lo pueril, y en otras lo que da espanto.

En el fondo, una pregunta atormentadora se mantiene reverberando: ¿resiste el país seguir transitando el siglo XXI a golpe de recursos de manigua y de máquinas Remington? Tal vez sí, pero, ¿a qué endiablado costo?

Como muestra, un botón. Veamos.

Cualquier lego podría preguntarse si el gasto público sigue adoleciendo de falta de transparencia, bajo la creencia ingenua de que si se comprobara tal ausencia o insuficiencia, podría ser corregida tan solo con evidenciarla.

Y no quedaría más remedio que responderle, a ese buen lego, que no la ha habido en el pasado, y, en gran medida, sigue no habiéndola en el presente.

Los encumbrados en el palo empinado, que no es el mismo que el ensebado, aunque en ocasiones termina en eso, pudieran argumentar, con sobrada razón, que es fácil criticar y difícil ejecutar, diciéndolo como si la carencia de transparencia fuera casual, producto de un error, en vez de algo preconcebido, hecho aposta, en pos de perfeccionar el “arte de gobernar”.

¿Arte de gobernar? Pues, en cierto modo sí. La pretensión es que agarrar la mandurria equivale a arrimar el ascua a la sardina, lo que suele interpretarse como dominar el arte de mantenerse en el poder (¿a trancas y barrancas?)

El profesor Bosch lo mencionaba refiriéndose a la cucaracha en el gallinero, en el sentido de aprender a evitar ser derrocado, pero hay otros que lo entienden como el desarrollo de un conjunto de mañas (sería muy duro hablar de simular) para mantenerse empuñando el mando por encima de la conveniencia institucional de la nación.

¡Ah! En ejercicio de la conveniencia propia. Así se percibe mejor.

Un viejo aserto establece que la maña solo se enfrenta con éxito poniéndola en evidencia; de lo contrario, te envuelve y derrota. Hay que mostrar la pifia con ejemplos concretos, a la luz de la luna, si se fuere romántico, o con la fulguración del sol y rigor espartano.

Solo valdría para derrotar el conjuro si se aportaran casos concretos, y no en forma de un pelo del bigote. Antes, para los de la manigua, aquello era de cumplimiento sagrado. Ahora, para la nueva trova, es objeto de burla porque ya no es de estilo confiar en lo que se dijo, ni honrar lo que se prometió. El poder es lo que vale.

Pero, no hay que ponerse tan serios. Solo se trata de señalar alguna evidencia, aun fuere aparente. Se recalca lo de aparente, ya que nadie sabe si pudieren surgir explicaciones verídicas que lo aclaren todo, y, ¡qué bueno que así fuera! No faltaba más.

¿Con qué propósito? Solo para saberlo. No sirve mucho más que para eso. En la epidermis de cocodrilo, resbala todo lo que se le pone encima. Aparte de que la consciencia social es frágil, quebradiza.

Para muestra, un ejemplo, por ahora, el de las aplicaciones financieras que aparecen en el proyecto de presupuesto de la nación referidas a su financiamiento, y que se dividen en dos categorías: amortizaciones y reducción de pasivos.

¿No es acaso la amortización una reducción de pasivos? Entonces, ¿qué es la reducción de pasivos por si misma, como categoría distintiva, para que sea diferente a la amortización?

Caramba, a qué tanto embrollo. Pudiera decirse que es asunto de semántica. ¿Y si no lo fuera? ¿Galimatías? Y no vengan con aquello de la metodología.

Mejor ponerlo con números, ¿les parece? Quizás así se entienda.

Las aplicaciones financieras para 2018 (lo que habrá de ser pagado por concepto de principal de la deuda), ascienden a RD$ 126,679.1 millones. Y se dividen en dos partidas, más la evolución de los activos financieros.

Esas dos partidas son, amortizaciones, por RD$63,428.0 millones. Y disminución de pasivos por RD$57,917.1 millones. Y si ambas son reducción del principal de la deuda, a qué se debe su diferenciación, pues deberían anotarse como amortización, pura y simple, ¿verdad?

Salvo que la disminución de pasivos se utilizara como un canasto zafacón para ir tirando allí todo lo que es gasto y no se consigna como tal, con formalidad presupuestaria; todo lo que es déficit y no se transparenta como lo que es, en el período que corresponde.

Si fuera gasto no consignado en el período, el déficit del gobierno central estaría siendo mayor que el reflejado en el documento presupuestario en algo más de un punto del PIB.

Hay algo curioso. El FMI estimó para 2017 y 2018 un déficit consolidado de casi el 5% del PIB. No obstante, las cifras presupuestarias lo aproximan al 3.6% del PIB. Pero, si la disminución de pasivos fuera en realidad déficit trasladado al año siguiente, entonces las cifras presupuestarias coincidirían con las del FMI. Translúcido, ¿verdad?

Pura casualidad, tal vez. Transparencia impura, quizás. O, ¿merece otro nombre?

 

Autores: 
Eduardo García Michel
 
 

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