La humanidad tiene como 300.000 años y mientras que es cierto que las circunstancias materiales de nuestros ancestros distantes fueron mucho más iguales que lo que se da hoy, casi todos vivían en la pobreza extrema. La acumulación de riqueza entre los cazadores-recolectores nomádicos, explica Steven Pinker en su libro Enlightenment Now: The Case for Science, Humanism and Progress, estaba limitada por el peso y el volumen de las posesiones físicas que podían cargar en sus espaldas. La vida entre los cazadores-recolectores sedentarios era más desigual. Ellos “desarrollaron una nobleza hereditaria que tenía esclavos…[y] acumulaba lujos”. La estratificación social se aceleró luego de la revolución agrícola que sucedió hace alrededor de 12.000 años atrás. Conforme más personas se asentaron, surgieron las ciudades-estados y, luego, los imperios. Estas entidades políticas tempranas desarrollaron clases gobernantes (los nobles, los sacerdotes, los burócratas, etc.) que solían tener una calidad de vida mucho mejor que el resto de la población. Dicho esto, incluso los más ricos y poderosos del pasado no podían empezar a imaginarse las riquezas y comodidades gozadas por las personas comunes y corrientes de hoy.
La desigualdad, explica el economista Angus Deaton de la Universidad de Princeton en su libro The Great Escape: Health, Wealth, and the Origins of Inequality, es la compañera del progreso. Solamente cuando algunas personas mejoran su situación es que un estándar de calidad de vida más alto se vuelve concebible y, consecuentemente, posible. Eso es precisamente lo que pasó durante la Revolución Industrial, cuando una brecha pronunciada entre el ingreso de los países de Europa Occidental y Norteamérica por un lado y el resto del mundo por otro lado empezó a surgir. En 1775, por ejemplo, el producto interno bruto per cápita de EE.UU. era de $1.883. En 2016, este era de $53.015 —un aumento por un factor de 27 en la calidad de vida real (las cifras están en dólares de 2011). La divergencia económica entre Occidente y el Resto, que se inició durante el siglo XIX, continuó durante el siglo XX. En las últimas décadas, sin embargo, la desigualdad global empezó a caer. Eso no pasó debido a que cayeron los ingresos en los países ricos. Muchos de estos se han recuperado de la Gran Recesión y se encuentran en un punto históricamente alto. En cambio, lo que pasó se debió a un crecimiento más rápido en países no occidentales, los cuales se han beneficiado de reformas económicas domésticas, incluyendo el fin de la planificación central, la globalización del comercio, los servicios y los flujos financieros.

El indicador más comúnmente utilizado de la desigualdad de ingresos es el Coeficiente Gini, que mide la desigualdad de ingresos en una escala que parte de 0 (esto es, todos los ingresos son iguales) y termina en 1 (es decir, una persona concentra todo el ingreso). Una forma de medir la desigualdad de ingresos global, explica Branko Milanovic de la City University de New York, es calcular un promedio ajustado para la población de los valores de Gini de cada país individual. Como puede ver, el declive en la desigualdad de ingresos a nivel mundial empezó en la década de 1980 y coincide con un periodo de mayor libertad económica e integración conocida como “globalización”. Sin embargo, esta medida de desigualdad de ingresos, llamémosla desigualdad entre países, es un tanto engañosa porque asume que todos dentro de cualquier país obtienen el mismo ingreso. Para obtener una idea de la desigualdad a través de la raza humana, la desigualdad de ingresos entre países debe ser ajustada para la desigualdad de ingresos dentro de los países. En esa medida, la desigualdad de ingresos global empieza a caer un poco después —luego del principio del nuevo milenio. Aún así, ambas medidas de desigualdad de ingresos a nivel global muestran una tendencia hacia abajo. Considerando esto, Milanovic concluye, “Estamos presenciando el primer declive en la desigualdad global entre los ciudadanos del mundo desde la Revolución Industrial”.
Algunos podrán sentir que un declive en la desigualdad de ingresos global es una cosa buena por sí sola. Otros, entre los que me incluyo, celebran la mejor educación, atención médica, sanidad y nutrición que hicieron posible la globalización y el crecimiento económico veloz en países en vías de desarrollo.
Este artículo fue publicado originalmente en Human Progress (EE.UU.) el 20 de septiembre de 2018.
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