Vito Tanzi, antiguo director de Asuntos Fiscales del FMI, trata en un trabajo reciente el tema del crecimiento de los programas estatales y la tendencia de estos a hacerse más costosos con el tiempo. Con diferentes ejemplos, muestra cómo estos programas, mientras más tiempo permanecen, más caros se hacen para los contribuyentes. Sea en países de ingresos altos o bajos, una vez son creados, junto con el esquema de incentivos que imponen, el incremento en costos es casi inevitable. Los programas empiezan dirigidos a un grupo de la población, pero la proporción de personas beneficiarias siempre aumenta (y/o los beneficios otorgados).
Algunos incentivos los crean los programas destinados a beneficiar individuos con ciertas discapacidades. Un ejemplo de incentivos perversos de este tipo se daba en Grecia, donde las personas con trabajos clasificados como arduos podían retirarse a los 55 años si eran hombres y a los 50 si eran mujeres, y cobrar su cheque de pensión. Ese trato favorable en la edad de retiro incentivó a que profesiones como peluquera, locutor de radio, mesero y músico, entre muchísimas otras, fueran reclasificadas como arduas.
Otro ejemplo viene de Estados Unidos y tiene que ver con el programa de ayuda alimentaria a los más pobres creado en 1939. Entre 2007 y 2011 ese programa creció 70% aunque, como dice Tanzi, es muy poco probable que el número de personas viviendo en extrema pobreza aumentara en esa proporción. Sólo en Washington D. C., con un ingreso per cápita superior al promedio de cualquier estado de EE.UU., uno de cada cinco habitantes recibe ayuda de este tipo.
Parte de sus conclusiones: en sentido general, los programas públicos tienden a crecer, y cuando lo hacen aumenta la ineficiencia de los mismos, y así mismo crece el peso sobre las finanzas públicas; este panorama puede conllevar a retirar por completo algunos programas del ámbito público.
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