Autor: Pedro Silverio Álvarez
Fuente: www.diariolibre.com
“Justo como un hombre de negocio diseña, digamos, el último automóvil como para atraer a los clientes, los políticos seleccionan políticas con la idea de que el cliente, quien es el votante, los apoyará en la próxima elección. Nadie considera esta actividad como diabólica, pero no es, en general, un ejercicio en la aplicación de un principio de alto nivel moral… Dicho de otro modo, los políticos como los hombres de negocios persiguen políticas que consideran que la gente quiere porque esperan que esa gente los recompensen con sus votos.” Gordon Tullock, 2005
Sin embargo, hay una gran diferencia entre el voto del consumidor expresado en los bienes y servicios que compra en el mercado y el voto político depositado en las urnas electorales. El primero, resulta de un proceso continuo de preferencias del consumidor que pueden cambiar de un momento a otro y que, por lo tanto, somete a los productores al escrutinio diario de sus clientes; en cambio, el voto político se fundamenta en promesas que no necesariamente son cumplidas y que requieren de un período preestablecido (cuatro años, en el caso nuestro) para que el votante pueda expresar nuevamente su aprobación o no.
En este sentido, Tullock argumenta que cuando un individuo va a comprar un automóvil trata de obtener la mayor cantidad de información, pues un error se reflejaría directamente en sus bolsillos y, consecuentemente, en su bienestar. La situación es diferente al elegir al Presidente de un país, dado que un voto en particular no parece tener un efecto decisivo en el conteo final, los políticos saben que los votantes invertirán pocos recursos para tomar una decisión de voto bien informada, lo que pudiera resultar en un voto contrario a los propios intereses de los votantes. Esto implica que los políticos estarán dispuestos a comprometerse con políticas –independientemente de su calidad- para atraer a votantes mal informados, explica Tullock. Es decir que un votante mal informado es un terreno fértil para la manipulación política.
La naturaleza del individuo que toma decisiones en el plano económico es la misma del individuo que toma decisiones en el plano del ejercicio del poder político. Ambos individuos actúan en base a la estructura de incentivos bajo la cual toman sus decisiones. Cuando se habla de la estructura de incentivos no solo nos referimos a los factores que favorecen una determinada conducta, sino también a los elementos que evitan conductas no deseadas. El asunto es que dada una misma naturaleza, los individuos –ya sea en el gobierno o en la actividad privada- tratarán de tener una conducta que maximice su bienestar o el de su grupo. Por eso, las reglas institucionales y su correspondiente sistema de penalización son tan importantes a la hora de poner freno a las apetencias personales o grupales.
En el ámbito privado el mercado provee soluciones a las necesidades –reales o imaginarias- de los individuos. Cuando esas soluciones no se corresponden con las previstas en un paradigma determinado se considera que se ha producido una falla de mercado, normalmente asociada a una asimetría de información o a una asimetría en el poder de negociación de los agentes económicos envueltos en una transacción de mercado. Es discutible, sin embargo, la existencia misma de esas denominadas ‘fallas de mercado’, pues están referenciadas a un modelo que idealiza las condiciones de mercado y que en la práctica resultan difíciles de validar. Una interpretación alternativa es visualizar al mercado como un proceso continuo y dinámico, en donde las situaciones de equilibrio son excepcionales. En todo caso, las ‘fallas de mercado’ han sido la mejor excusa para abrir las puertas a la intervención gubernamental en la economía, sin considerar si esas fallas se deben a previas intervenciones o si el gobierno tiene sus propias fallas. ¿De qué otra manera se pueden interpretar las fallas de gobierno que permiten que cientos de niños mueran anualmente en los hospitales públicos, o que la pobreza se convierta en una agresión permanente al medio ambiente?
La principal falla de gobierno –no un gobierno en particular- es la corrupción, pues de ella se deriva una cadena de fallas que van destruyendo el tejido de la gestión institucional, distorsionando la intervención estatal en la economía y en otras esferas; lo cual nos lleva de nuevo al punto de partida: el individuo maximiza su bienestar sujeto a las restricciones que enfrenta. Si percibe que la corrupción no tiene sanción o que el sistema está articulado de manera que garantiza la impunidad, explotará al máximo las oportunidades de hacer negocios personales que le brinda la posición pública. Con las debidas excepciones.
En consecuencia, se debe ser cuidadoso a la hora de tratar de corregir unas supuestas fallas de mercado con una intervención estatal, sin tener en cuenta que las fallas de gobierno pudieran resultar en una situación mucho más lamentable. O como se dice popularmente, “la cura puede salir más cara que la enfermedad.”
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