CREES

Autor: Eduardo Jorge Prats

Fuente: www.hoy.com.do

Fecha: 02 Mayo 2014

 

En la actualidad, una gran controversia ocupa a los más destacados economistas del mundo. La discusión ha sido generada por el libro de un economista francés, Thomas Piketty, intitulado “El capital en el siglo XXI”. En dicha obra, cuyos hallazgos y propuestas han sido respaldados por economistas como Paul Krugman y Joseph Stiglitz, Piketty, a quien se la ha denominado el “Karl Marx francés”, tras dos décadas de investigación en los registros fiscales de las principales economías a ambos lados del Atlántico, ha descubierto –según proclama el propio autor- “la contradicción central del capitalismo”. Esta contradicción, supuestamente pasada por alto durante dos siglos por todos los economistas, se resume en lo siguiente: salvo el periodo 1945-1975, la historia demuestra que el capital tiende a acumularse más rápido que lo que las economías crecen en el largo plazo; que la riqueza se concentra en pocas manos; y que a la clase trabajadora le tocará siempre el pedazo más pequeño del pastel de la riqueza.

Lo anterior, una crítica usual desde Marx hasta el movimiento Occupy Wall Street, no es, sin embargo, lo polémico. Es más bien la política que propone Piketty para combatir la desigualdad: el regreso a tasas marginales sobre los ingresos más altos –un “impuesto confiscatorio” de un 80% sobre quienes ganan anualmente más de US$500 mil y de un 50 a un 60% sobre los que ganan por encima de US$200,000- y un impuesto progresivo mundial del 1 al 10% para las fortunas mayores al US$1 millón. Como bien señala James K. Galbraith, el sistema de altas impositivas, como lo demuestra la historia fiscal estadounidense, fomenta la evasión y, en cuanto al impuesto mundial, es muy difícil de implementar y requeriría habilidades “que ni la –tan criticada [EJP]- National Security Agency (NSA) tiene”. El propio Piketty -quien, al igual que Proudhon, parece considerar toda propiedad como basada en el robo- no está convencido de que su propuesta, que el mismo califica de “utópica”, contribuye a disminuir la desigualdad, pues entiende que esta es consustancial al sistema capitalista. Parecería que el objetivo de la misma es más bien, como lo ha sugerido Garett Jones, canalizar la envidia de quienes constituimos el 99% de la población del globo frente al 1% de los súper ricos globales. Sin embargo, en un mundo en que, como ha revelado recientemente el Banco Mundial, la pobreza se ha logrado reducir en un 50% con relación a 1990, habiéndose logrado el primer Objetivo de Desarrollo del Milenio antes del plazo establecido (2015), realmente importa poco cuánto mucho ganan los mega billonarios globales.

Piketty no aborda prácticamente la situación de la desigualdad en países como la República Dominicana. Sin embargo, a la luz de la propuesta de Franklin Almeyda, quien considera que el Partido de la Liberación Dominicana (PLD) debe moverse a la izquierda y, en lugar de “seguir gobernando para hacer más ricos a los de la Pirámide Empresarial”, aumentar al máximo la presión tributaria, lo que convertiría, para usar las palabras de Peter Sloterdijk, al “ministro de finanzas en un Robin Hood que ha prestado un juramento constitucional”, hay que enfatizar la necesidad de adoptar una política tributaria de centro. Partiendo de que, como bien ha demostrado el Centro Regional de Estrategias Económicas (CREES), se ha subestimado la verdadera presión tributaria nacional, al no incluirse los costos de la seguridad social ni los asociados a la inseguridad jurídica ni a la energía eléctrica, lo que se impone es un “booster de confianza” que atraiga la inversión nacional y extranjera. Esto solo puede lograrse mediante una reducción de tasas impositivas, que minimice la evasión, incluyendo la del ITBIS, que puede bajarse sustancialmente, pero expandiendo la base impositiva. Esto, combinado con un aumento del salario mínimo, la racionalización de las exenciones y una reforma estructural del sector eléctrico que nos conduzca a precios razonables de energía, pone dinero en manos de los consumidores y de un Estado que puede, con un gasto de calidad y focalizado, enfrentar las necesidades de los más pobres.

En realidad, hoy, al igual que en el siglo XVII, en República Dominicana, como bien nos explica Pedro Mir en su ensayo “El gran incendio: los balbuceos americanos del capitalismo mundial”, la verdadera revolución sigue siendo la revolución capitalista. No es exceso de capitalismo lo que tenemos: es que nos hacen falta más capitalistas propietarios. De ahí la importancia de garantizar el acceso a la propiedad inmobiliaria titulada de miles dominicanos que no pueden por ello acceder al crédito bancario; propiciar la generación de empleos estimulando a las empresas; destrabar el crédito y aumentar el nivel de bancarización; fomentar la competencia; combatir los monopolios; crear asociaciones público-privadas para los servicios públicos y las infraestructuras, en el marco de un Estado garante como ha propuesto Miguel Vargas Maldonado; y establecer, aparte del turismo, un nuevo ancla de desarrollo, como lo podría ser la inexplotada energía renovable. Si estas reformas fundamentales no se emprenden cuanto antes, nuestro futuro será el de una Venezuela populista pero sin petróleo o, lo que es lo mismo, el de un capitalismo de amiguetes.

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