CREES

Autor: Daniel De Lemos

Fecha: 18 de febrero de 2026

¿Qué significa el 3.82% que Harvard estima para República Dominicana?

Las proyecciones recientes del Harvard Growth Lab estiman que el producto interno bruto (PIB) real de República Dominicana podría expandirse en torno a 3.82% anual en promedio hacia 2034. Más allá del número, esta estimación resulta interesante porque no se basa únicamente en tendencias pasadas, sino en un enfoque que examina la estructura productiva de la economía y el tipo de capacidades que la sustentan.

Comprender de dónde surgen estas proyecciones y qué implicaciones tienen permite abordar el crecimiento desde una perspectiva distinta. No solo como una variación de corto plazo, sino como el reflejo de las oportunidades y restricciones que enfrenta la economía en su proceso de desarrollo.

República Dominicana

De acuerdo con las estimaciones del Harvard Growth Lab, el PIB real de República Dominicana podría crecer en torno a 3.82% anual en promedio hacia 2034.

Estas proyecciones se derivan del marco de complejidad económica, desarrollado por Ricardo Hausmann, César Hidalgo y sus coautores, el cual parte de la idea de que la capacidad de crecimiento de una economía está estrechamente relacionada con el conocimiento productivo que esa sociedad ha logrado acumular.

El gráfico 1 muestra la evolución de las proyecciones de crecimiento económico estimadas para República Dominicana a lo largo de distintos años. Un rasgo visible es que las estimaciones más recientes han ido a la baja, mostrando una moderación gradual en el crecimiento esperado de largo plazo.

Este comportamiento resulta relevante porque las proyecciones del Harvard Growth Lab no se construyen únicamente a partir de fluctuaciones coyunturales, sino de variables asociadas a la estructura productiva y a las capacidades de la economía. En ese sentido, la baja progresiva de las estimaciones indica que el potencial de expansión proyectado ha ido disminuyendo.

Para construir estas proyecciones, el modelo considera varios factores. Uno de ellos es el índice de complejidad económica, que resume qué tan variados y sofisticados son los bienes que exporta un país. También se incorpora una medida de las oportunidades futuras, que indica qué tan cerca se encuentra la economía de producir nuevos bienes relacionados con los que ya produce. Además, se toma en cuenta el nivel actual de ingreso, ya que el punto de partida influye en el ritmo al que puede crecer una economía. Por último, se consideran los cambios esperados en las exportaciones de recursos naturales por habitante, reconociendo que estas pueden afectar el desempeño económico en la medida en que inciden en la estructura productiva y, por tanto, en la complejidad de la economía.[1]

Los países no se diversifican hacia cualquier industria de manera instantánea, sino que tienden a avanzar gradualmente hacia actividades que requieren capacidades similares a las ya existentes. Bajo esta lógica, el crecimiento proyectado busca aproximar hasta dónde podría expandirse una economía dada su estructura productiva actual y las oportunidades que la rodean.

El gráfico 2 compara el índice de complejidad económica de varios países de América Latina y el Caribe. Cada país aparece ubicado según su nivel de complejidad.

Este tipo de comparación resulta interesante porque la complejidad económica no mide simplemente cuánto produce o cuánto exporta un país, sino la naturaleza de lo que produce. Economías con mayor complejidad suelen participar en actividades más diversificadas y que requieren combinaciones más amplias de conocimiento productivo.

Países como Mexico o Brasil aparecen con valores altos de complejidad, es decir, exportan productos variados y sofisticados. En contraste, países como Venezuela dependen en gran medida de recursos naturales, es decir, tienen poca variedad en sus exportaciones y además están poco diversificados en su producción.

Dentro de este contexto regional, la posición de República Dominicana sugiere que su economía mantiene un nivel de complejidad moderado en relación con su nivel de ingresos, lo que ayuda a entender por qué sus proyecciones de crecimiento se ubican en rangos también moderados.

Complejidad económica y conocimiento

La teoría de la complejidad económica parte de la idea de que la prosperidad de las naciones depende, en gran medida, del conocimiento productivo que una sociedad es capaz de acumular y utilizar. Este enfoque propone que la riqueza de un país no se explica únicamente por sus recursos naturales, su tamaño o su población, sino por la diversidad de capacidades que existen dentro de su estructura productiva.

Un elemento central de este enfoque es que el conocimiento relevante para la producción es, en gran medida, tácito. No se trata solo de información disponible en libros o manuales, sino de saberes prácticos que se adquieren mediante la experiencia, la especialización y la interacción entre individuos y organizaciones. Como destaca el Atlas de Complejidad Económica, “si el secreto del desarrollo es la acumulación de conocimiento productivo a nivel social, el proceso requiere la participación de muchos exploradores, no solo de unos pocos planificadores”[2]. Esta idea resalta que la transformación productiva no surge de decretos ni de planes centralizados, sino de entornos que facilitan la experimentación, la inversión y la creación de nuevas capacidades.

Sin embargo, la mera existencia de conocimiento productivo no es suficiente. Para que ese conocimiento pueda desplegarse, combinarse y transformarse en mayor prosperidad, se requieren condiciones que faciliten la coordinación entre individuos, la inversión y la especialización. La acumulación de capital, la división del trabajo, la posibilidad de intercambiar libremente y la existencia de mercados que transmitan información y señales de precios cumplen un papel decisivo en este proceso. Es en ese entorno donde el conocimiento disperso puede articularse, las capacidades pueden ampliarse y las oportunidades productivas pueden materializarse. En ausencia de estas condiciones, incluso sociedades con talento y conocimientos pueden ver limitado su potencial de desarrollo.

El rol de la educación

La educación formal suele ocupar un lugar central en las discusiones sobre desarrollo. De forma casi intuitiva, tendemos a pensar que mayor educación formal medida por ejemplo a través de años en el sistema educativo debería traducirse automáticamente en mayores niveles de ingreso. Sin embargo, la evidencia sugiere que la relación es menos directa de lo que comúnmente se asume[3]. La escolaridad, aunque importante, no agota todas las formas mediante las cuales las sociedades adquieren y acumulan conocimiento ni como esta se logra transformar en mayor prosperidad económica.

El Atlas de Complejidad Económica ilustra esta idea mediante la comparación entre Tailandia y Ghana. A lo largo de varias décadas, ambos países registraron mejoras en sus indicadores educativos medidos en años promedio de escolaridad. De hecho, Ghana exhibió niveles de escolaridad superiores a los de Tailandia. No obstante, sus trayectorias económicas resultaron marcadamente distintas. Mientras Tailandia experimentó un aumento significativo en su complejidad económica y en su ingreso por habitante, Ghana mostró un desempeño mucho más limitado[4]. Este contraste sugiere que la acumulación de educación formal, por sí sola, no garantiza transformaciones productivas ni incrementos sostenidos en el ingreso.

No todo conocimiento relevante para el desarrollo es formal o fácilmente codificable. Gran parte de las capacidades necesarias para producir bienes complejos consiste en conocimiento tácito, adquirido mediante la práctica, la experiencia y la participación en procesos productivos reales. En este contexto, las empresas desempeñan un papel crucial. Más allá de generar empleo o inversión, actúan como vehículos de transmisión de know-how, introduciendo nuevas rutinas, tecnologías, métodos de organización y formas de resolver problemas. La llegada de nuevas empresas, especialmente aquellas integradas en redes internacionales, puede ampliar el conjunto de capacidades disponibles en una economía, elevando gradualmente su potencial de crecimiento.

Desde esta perspectiva, la educación sigue siendo valiosa, pero su impacto depende en gran medida del entorno en el que ese conocimiento puede aplicarse. Las habilidades adquiridas en el sistema educativo requieren estructuras productivas dinámicas, inversión, especialización y mercados que permitan combinar y expandir capacidades. En ausencia de estos elementos, el vínculo entre educación y desarrollo puede resultar más débil de lo que a menudo se espera.

Reformas

El marco de complejidad económica no debe interpretarse como una predicción mecánica ni como una explicación única del crecimiento. Más bien, ofrece una herramienta conceptual útil para entender por qué algunas economías logran expandir sostenidamente su estructura productiva, mientras otras enfrentan límites persistentes. Desde esta perspectiva, las proyecciones de crecimiento reflejan, en gran medida, las capacidades productivas existentes y las oportunidades cercanas disponibles.

Como advierte el Growth Lab, los responsables de política deben ser cautelosos al intentar “escoger ganadores” y, en su lugar, examinar la viabilidad real de las actividades productivas y las restricciones que podrían impedir su desarrollo[5]. En economías que, como República Dominicana, se encuentran relativamente bien conectadas pero aún no exhiben altos niveles de complejidad, la recomendación enfatiza la eliminación de cuellos de botella que dificultan avanzar hacia productos cercanos dentro del espacio productivo[6].

En este contexto, la calidad del clima de negocios adquiere gran importancia. Un entorno que facilite la inversión, reduzca fricciones y permita la expansión empresarial favorece la acumulación y recombinación de know-how. Reformas orientadas a un sistema tributario más competitivo, a un sector eléctrico más eficiente y a un mercado laboral menos costoso pueden contribuir a reducir barreras que limitan la diversificación productiva.

Más que buscar resultados específicos desde la planificación, lo ideal es crear las condiciones que permitan que nuevas actividades productivas emerjan, se experimenten y se consoliden. Bajo esta lógica, el crecimiento sostenible se vincula menos con impulsos transitorios y más con la capacidad de la economía para ampliar gradualmente su conjunto de conocimientos y capacidades productivas.


[1] Growth Lab at Harvard University. “The Atlas of Economic Complexity.” Web application. Harvard Kennedy School, 2026. https://atlas.hks.harvard.edu

[2] Hausmann, R., Hidalgo, C., Bustos, S., Coscia, M., Chung, S., Jimenez, J., Simoes, A., Yildirim, M. (2013). The Atlas of Economic Complexity. Cambridge, MA: MIT Press.

[3] Hausmann, R., Hidalgo, C., Bustos, S., Coscia, M., Chung, S., Jimenez, J., Simoes, A., Yildirim, M. (2013). The Atlas of Economic Complexity. Cambridge, MA: MIT Press.

[4] Hausmann, R., Hidalgo, C., Bustos, S., Coscia, M., Chung, S., Jimenez, J., Simoes, A., Yildirim, M. (2013). The Atlas of Economic Complexity. Cambridge, MA: MIT Press.

[5] Harvard Center for International Development. (2019, 17 septiembre). Explore Country Profiles on the Atlas of Economic Complexity [Vídeo]. YouTube. https://www.youtube.com/watch?v=KQAarHByMTM

[6] Growth Lab at Harvard University. “The Atlas of Economic Complexity.” Web application. Harvard Kennedy School, 2026. https://atlas.hks.harvard.edu

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