Autor: Pedro Silverio Álvarez
Fuente: www.diariolibre.com
La política tributaria es crucial en cualquier estrategia de desarrollo que se persiga, y lo es todavía más en un contexto internacional en donde las naciones tratan de posicionarse en busca de una mayor competitividad. Es por eso que hoy día se habla de competencia impositiva, que no es más que utilizar la tributación como herramienta para mejorar las oportunidades de colocar una creciente producción de bienes y servicios en los mercados externos. En consecuencia, me parece cuestionable que se asuma como un objetivo per se el incremento de la presión tributaria, partiendo del convencimiento, no necesariamente cierto, de que dicha presión es muy baja en la República Dominicana.
Son muchos los factores que se deben considerar al momento de comparar la presión tributaria nuestra con la de otros países; entre ellos, los ingresos tributarios que pudieran generar las exportaciones de un recurso natural, las contribuciones a la seguridad social, el tamaño del sector informal, el ciclo económico, y la flexibilidad del sistema tributario ante cambios en el producto. Particularmente, me parecen sin sentido las comparaciones que recurrentemente se hacen con las economías latinoamericanas, como si esas economías fueran el modelo a seguir. Y solo conseguimos auto complacernos con el mediocre desempeño que históricamente han tenido nuestros vecinos.
Cuando miramos hacia el norte, particularmente a Estados Unidos, se puede notar que ya entrado el siglo XX la presión tributaria en tiempo de paz era cercana al 10%, como lo era para la mayoría de los países desarrollados. Es decir que durante la etapa de despegue económico, cuando las fuerzas de acumulación originaria de capital hicieron la ruptura definitiva con el viejo régimen feudal, esas economías fueron impulsadas, en parte, por un ambiente tributario muy favorable. Doscientos años después de la revolución industrial la tributación seguía siendo muy baja, y ya Estados Unidos era la principal potencia, tanto militar como económicamente. Todavía al día de hoy, y a pesar del gran peso del gasto militar y de la seguridad social, su presión tributaria está en la cercanía del 26%; pero si deducimos las contribuciones a la seguridad social dicha presión se reduce a casi un 22%. Naturalmente que ese nivel de presión está asociado con una alta calidad en los servicios de educación, salud e infraestructura física, entre otros.
En el caso nuestro, la presión tributaria se ha ido colocando, en el transcurso del año, por encima del 14% del PIB, y si agregamos las contribuciones a la seguridad social podría decirse que está cercana al 17%; con la salvedad de que esos servicios públicos de alta calidad que normalmente acompañan a países con alta presión tributaria, lamentablemente, no los tenemos. Pero además, la economía dominicana tiene unos niveles de informalidad, como tantas veces se ha dicho, que unidos a los niveles de evasión fiscal cuestionan la legitimidad de un incremento en la presión tributaria, vía un incremento de las tasas impositivas.
En los últimos treinta años han sido recurrentes los esfuerzos para elevar las cargas impositivas y se sigue generando el mismo patrón: déficit fiscal, endeudamiento, y una nueva reforma fiscal, mediante la elevación de las tasas impositivas. El problema es que en la medida que se elevan esas tasas, en un entorno de alta evasión, alto desempleo e informalidad, se castiga en mayor medida a quienes se encuentran en las redes del cumplimiento obligatorio; lo cual, a su vez, estimula una mayor evasión y una mayor propensión a la informalidad. Por eso tenemos períodos en los que la reforma tributaria hace subir la presión, y luego períodos de caída de esa presión, en la medida que los agentes económicos reajustan sus mecanismos de evasión.
Al final se tienen unos efectos contraproducentes: por un lado, la administración tributaria tiene que dedicar grandes recursos, humanos y financieros, para contrarrestar una evasión que constantemente desarrolla nuevas habilidades; y por otro lado, esos esfuerzos contra la evasión van generando unas barreras tributarias difíciles de superar para quienes quieren mantenerse operando e invirtiendo en el marco de la formalidad económica.
El control del gasto público es fundamental para evitar el circulo vicioso que nos empuja a periódicamente a una nueva reforma fiscal. El problema, por lo tanto, no es aumentar la presión tributaria, sin tomar en cuenta sus negativos efectos en la competitividad externa; el problema es diseñar un sistema tributario que promueva el cumplimiento voluntario de las obligaciones impositivas, incentive la formalidad, y sea atractivo para el clima de negocios. Pero ciertamente, en los últimos treinta años, con raras excepciones, el incremento de las tasas impositivas ha sido el camino elegido para alcanzar una mayor presión tributaria, sin que ésta se haya podido estabilizar en los niveles esperados. Por lo que la pregunta surge de manera natural: ¿por qué insistir sistemáticamente en una estrategia que no solo ha fracasado, sino que también ha tenido unos efectos secundarios tan dañinos? ¿No habrá llegado el momento de darle una oportunidad a una estrategia diferente, como pudiera ser una reducción de las tasas impositivas? Algo diferente hay que hacer…
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