CREES

Autor: Alfredo Wiese Imbert

 

“El arte de la Economía consiste en considerar los efectos más remotos de cualquier acto o política y no meramente sus consecuencias inmediatas; en calcular las repercusiones de tal política no sobre un grupo, sino sobre todos los sectores.”

Henry Hazlitt

 

Introducción

Muchos han sido los acontecimientos lamentables que hemos tenido que enfrentar en los últimos años. Algunos con las repercusiones humanas y sentimentales más profundas, como lo fue la deplorable matanza de 20 niños en una escuela de Connecticut en Estados Unidos,  hasta aquellos que abarcan temas ambientales, financieros y económicos, entre otros. Todos estos provocan grandes emociones, y es lo normal, pues afectan la manera en que vivimos y que actuamos. Es normal también que, en medio de la gran incertidumbre que nos rodea cuando recién ocurren, nos preguntemos ¿Qué pasó? ¿Cómo llegamos aquí? ¿Qué podemos hacer? El nivel de imparcialidad y objetividad con que podamos responder a estas interrogantes y actuar, será esencial en poder crear o no las condiciones para que sucedan nuevamente situaciones parecidas o peores. Nuestras acciones tienen consecuencias a distintos plazos, sobre distintos grupos y menos obvias que la que contemplamos, y esto debe condicionar la manera en que nos planteamos los problemas y ofrecemos soluciones.

El propósito de las regulaciones, ya sean impuestas por gobiernos, por la sociedad o por las industrias, es definir, limitar y controlar la forma en que actuamos para minorar los efectos negativos que pueda tener una práctica sobre algo o alguien. Si bien es cierto que su intención pudiéramos considerarla buena, la realidad es que, muchas veces las regulaciones causan distorsiones en los procesos de mercado, limitan la capacidad empresarial y crean incentivos incompatibles con los objetivos originales. Es nuestra intención analizar en lo adelante, algunos aspectos de las regulaciones bancarias por las que se rige el sistema financiero global y ver como, a causa de estas, se crean incentivos que provocan la desviación de fondos hacia activos y rubros particulares, creando condiciones adversas para la economía real. En específico, evaluaremos algunos efectos secundarios de las normas bancarias que conforman Basilea III, que aunque quizás intencionalmente, pudieran dar lugar a peores circunstancias en el largo plazo.

Los bancos tienen como principal función servir de intermediarios entre personas que están dispuestas a retrasar el consumo de bienes presentes por bienes futuros de mayor valor, con personas que tienen necesidades y deseos inmediatos ya sea para consumo o inversión. En momentos de crisis, donde los agentes económicos  enfrentan  gran incertidumbre y niveles de desconfianza, la preocupación de todo banco es que se produzca un retiro masivo de los fondos depositados. En un sistema de reserva fraccionaria, los bancos no retienen la mayor parte de los depósitos o ahorros, más bien la colocan vía prestamos, usualmente a plazos mucho mayores que sus compromisos. De esta forma, un sistema bancario de reservas fraccionarias presenta importantes riesgos en momentos de incertidumbre económica. 

Este ensayo tiene como objetivo analizar los efectos de la regulación bancaria internacional en términos económicos y los procesos de mercado en términos macroeconómicos.  No es nuestra intención que el presente ensayo se utilice como referencia para el manejo interno de instituciones de intermediación financiera, aunque se pueden obtener valiosos conocimientos para estos fines.

 

Basilea I

Las experiencias de La Gran Depresión, con pánicos y corridas bancarios, retiros masivos de depósitos y quiebra de bancos, dieron lugar en Estados Unidos a la aplicación de uno de los primeros conjuntos de normas bancarias. Firmado en el 1933, el Banking Act (Ley Bancaria)[1] establecía un seguro de depósitos con la condicionante de que los bancos mantuvieran niveles mínimos de capital (10% inicialmente). Esto tenia dos limitantes importantes: la primera era que al tener fondos de los depositantes asegurados, los bancos podían hacer maniobras financieras más arriesgadas, dando lugar a un riesgo moral importante; segundo, el porcentaje se fijaba en relación a otra cifra, como el valor total de los activos, por ejemplo, pero sin tomar en consideración la calidad de los préstamos (activos) que tenían en cartera. Esto no solo dictaba que el juicio de los reguladores era mejor que el de los bancos en relación a los préstamos particulares que ofrecían, sino que también reducía el accountability (o responsabilidad) del banco, resultado contrario al deseado.

Al igual que Estados Unidos, cada país, de manera particular, fue estableciendo sus propias normas y regulaciones bancarias. No fue hasta el año 1974 que los G-10 se organizaron y formaron lo que hoy se conoce como el “Comité de Basilea de Supervisión Bancaria”, en respuesta a la quiebra del Banco Herstatt en Alemania y el riesgo de liquidación entre distintas jurisdicciones que destapó[2].

En 1988 se estableció Basilea 1, un marco regulatorio de capital bancario que fue adoptado por la gran mayoría de los países, cuyo enfoque principal era la reducción del riesgo de crédito. El marco fijaba un capital mínimo de un 8% de los activos del banco, pero considerando diferentes niveles de riesgo dependiendo del activo.  La selección casi aleatoria del 8% fue solo una de las debilidades. Aunque diferenciaba niveles de riesgos, lamentablemente asumía que dos préstamos o instrumentos financieros del mismo tipo tenían el mismo riesgo, independientemente de su origen. El caso más obvio de esto era la deuda soberana de los países, que se asumía tenían el mismo nivel de riesgo, cuando se entiende que un bono americano no lleva el mismo nivel de riesgo que un dominicano, por decir un ejemplo. Dividir los activos en grupos por su supuesto nivel de riesgo, permitió que los bancos empezaran un arbitraje regulatorio para sacarle mayor provecho al nivel de capital exigido. En otras palabras, los bancos dedicaron mayor esfuerzo en canalizar sus fondos prestables a instrumentos que pertenecían a la clasificación más segura, pues éstas requerían de menos capital. Un ejemplo de esto es que hubo mayor prioridad en enfocarse en titulaciones (requerimiento de solo 20%) que en préstamos a empresas (requerimiento de un 100%)[3], dando lugar al gran ‘boom’ de las mismas. Todos funcionamos en base a incentivos, por lo que no ha de extrañarnos que, por las regulaciones, los bancos se enfocaron en lo que entendían le resultaba menos costoso.

 

Basilea II

En el 2004, a raíz de la crisis posterior a la burbuja de las dot-coms, surge Basilea II, la cual tenía como intención revisar las debilidades del primer acuerdo. Particularmente se hizo hincapié en mitigar dos tipos de riesgos adicionales, el de operación y el de mercado. El riesgo operacional de un banco se entiende como el riesgo que existe en incurrir en pérdidas a causa de procesos internos débiles o errados, por ejemplo – fraudes, errores estratégicos y hasta efectos regulatorios. El riesgo de mercado depende más de temas exógenos, como cambios en los tipos de interés, tipos de cambio o incrementos en precios. Como dijimos, una de las debilidades de Basilea I fue agrupar activos de la misma índole, pero no del mismo riesgo (ejemplo deuda soberana de diferentes países) en una misma categoría.  En parte, para corregir esta limitante, Basilea II sugirió cambios en la clasificación de activos según su riesgo, (usando empresas calificadoras) incluyendo más rangos o niveles de riesgo. En adición a esto, el peso del riesgo de las hipotecas se redujo de un 50% a un 35%[4], causando un mayor incentivo para los bancos canalizar dinero a este tipo de préstamos, situación que de alguna manera ayudó al ‘boom’ inmobiliario.

En el caso de Estados Unidos, Basilea II nunca fue implementada pero sí hubo cambios en el marco regulatorio, principalmente por la llamada Recourse Rule. Al igual que con Basilea II, la Recourse Rule amplió la cantidad de rangos del nivel de riesgo de los activos y exigía niveles de capital según esos niveles de riesgo. También se incentivó el uso de las titulaciones, pues las mismas ofrecían una forma más liquida de trabajar con hipotecas y demás préstamos. A causa de esta regulación, hubo una canalización importante de dinero a titulaciones calificadas como AAA y AA, a expensas de otros tipos de instrumentos financieros y préstamos, especialmente los personales y empresariales, causando una contracción del crédito. Se desconocía el verdadero riesgo que asumían los bancos con todas las titulaciones, principalmente porque todas dependían del flujo de efectivo del pago de las hipotecas. En otras palabras, se obvió el riesgo de concentración.

 

Riesgo de liquidez

A pesar de que muchas instituciones financieras mantenían niveles de capital por encima de lo requerido, para poder así poder hacer maniobras en caso de haber fluctuaciones en el valor de sus activos y evitar posibles penalizaciones, muchas de ellas presentaron graves problemas de liquidez a raíz de la crisis inmobiliaria del 2007-2008. Los bancos tienen diferentes necesidades de liquidez, con riesgos y fuentes de financiamiento distintas. La primera fuente de financiamiento son los depósitos. Su problema de liquidez surge porque los bancos asumen compromisos a corto plazo (depósitos) pero prestan a largo plazo, dando lugar a un descalce de plazo que puede generar problemas en momentos de incertidumbre y crisis económico-financieras. La segunda fuente de financiamiento es el sistema interbancario, donde los bancos se prestan uno a otro para poder cumplir sus necesidades a corto plazo. Por el descalce de plazos y la información incompleta que tiene, es difícil para un banco prestamista distinguir claramente entre la iliquidez o insolvencia de un banco prestatario. Con estas dos primeras fuentes, se contempla el riesgo de liquidez de financiación, o de fondos, como también se le conoce.

De no poder cubrir sus necesidades con estas fuentes, los bancos buscan captar fondos colocando parte de sus activos en el mercado. Es entonces que surge la problemática, ya que, cuando un banco intenta colocar con cierta urgencia sus activos en el mercado, la incertidumbre crece. Los otros bancos son más renuentes a la hora de financiarlo y las colocaciones de los activos se hacen a precios de descuento y no siempre en el plazo necesario para cubrir sus necesidades de liquidez. Al utilizar el “mark-to-market” y no costos históricos, los bancos deben hacer ajustes constantes en sus balances, con cambios en los requerimientos de capital. Como todos los bancos están relacionados porque forman parte del sistema interbancario, el problema se puede convertir en uno sistemático, resultando en una mayor liquidación de activos con descuentos más fuertes, provocando un riesgo de liquidez de mercado mucho mayor.

Por último, los bancos también tienen como fuente de financiamiento a los bancos centrales quienes le sirven de prestamista, tomando como colateral o simplemente comprando parte de sus activos. A través de los años, este mecanismo se ha tornado más agresivo y como ejemplo de esto podemos destacar el plan de compra mensual de US$85 mil millones de activos de valor real dudoso que la Reserva Federal de Estados Unidos  ha puesto en marcha. Lamentablemente, la autonomía de los bancos centrales con los gobiernos es cada vez menor, combinándose los dos para tratar de influenciar los procesos de mercados, como veremos más adelante.   En la próxima entrega analizaremos el acuerdo de Basilea III y sus posibles consecuencias en términos económicos o de procesos de mercado.

 



[1] “Engineering the Financial Crisis: Systematic Risk and Failure of Regulation” Pg. 60

[2] “Taxonomias de Riesgos Financieros” Sesion 4, AGRF OMMA, Neri.

[3] “Regulación Bancaria” Sesión 6, AGRF, OMMA, Neri. Pg. 5

[4] “Regulación Bancaria” Sesión 6, AGRF, OMMA, Neri. Pg. 23

 

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